El repunte del crudo se produce tras una nueva oleada de ataques contra infraestructuras energéticas clave en la región. Israel bombardeó el yacimiento de gas South Pars, en Irán —el mayor del mundo—, lo que desencadenó una respuesta de Teherán con misiles contra instalaciones energéticas en Qatar, incluyendo el complejo de Ras Laffan, la mayor planta de exportación de gas natural licuado (GNL) del mundo, que ha sufrido «daños extensos» y grandes incendios.
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La tensión ha aumentado aún más tras las declaraciones de Estados Unidos. El presidente Donald Trump ha advertido de que, si Irán continúa atacando instalaciones energéticas en Qatar, Estados Unidos «hará volar por completo todo el yacimiento de gas South Pars», al tiempo que ha negado que Washington tuviera conocimiento previo del ataque israelí.
Los ataques han intensificado el temor a interrupciones en el suministro en una región clave para el mercado energético global. El tráfico de petroleros por el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca de una quinta parte del crudo mundial— se ha reducido drásticamente desde el inicio del conflicto, en un entorno en el que el paso se encuentra prácticamente cerrado al tráfico comercial.
Además, Irán ha amenazado con ampliar los ataques a infraestructuras energéticas en países del Golfo como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, lo que incrementa el riesgo de un shock de oferta más amplio.
ESCALADA SIN VISOS DE CALMA
Los expertos coinciden en que la situación sigue deteriorándose. Ipek Ozkardeskaya, analista senior de Swissquote, señala que el mercado ha dado un vuelco tras los ataques a instalaciones energéticas iraníes y la amenaza de represalias, con infraestructuras del Golfo convertidas en «objetivo legítimo».
«El mercado se ha puesto patas arriba. La guerra está escalando en lugar de mostrar señales de relajación, y los riesgos en el precio del petróleo siguen sesgados al alza», explica.
Ozkardeskaya advierte de que este encarecimiento del crudo tiene implicaciones directas para los mercados financieros: eleva los costes, presiona los márgenes empresariales y obliga a los bancos centrales a mantener una postura prudente —incluso restrictiva— para evitar un repunte descontrolado de la inflación.
En este contexto, la incertidumbre es máxima. Como resume la propia analista, «nadie sabe» cuál será el impacto final del conflicto ni hasta dónde pueden llegar los precios de la energía en un escenario de guerra prolongada.
